publicó el pasado 13 de abril este interesante artículo sobre la presencia de anglicismos en nuestro idioma ¿Y qué palabras de nuestro idioma crees tú que han conseguido
El Támesis que empapa el diccionario.
Si ayer se le hizo tarde viendo el
fútbol en el
bar,
quizá no sepa que tanto fútbol como bar son dos de los anglicismos más
utilizados en castellano. Puede que estuviera en la taberna más castiza
de su ciudad, pero si pidió un
ron
-por muy dominicano que fuera- volvió a emplear un extranjerismo. El
idioma está vivo, y muchas palabras que utilizamos en nuestras
conversaciones pasaron antes por el Canal de la Mancha. Son más de las
que pensamos, y en muchos casos llevan con nosotros varios siglos de
convivencia.
Hace apenas dos semanas, el pleno de la
Real Academia se trasladó
a la tierra de don Quijote, a Argamasilla de Alba, y debatió sobre el uso de palabras como
«selfie».
Varios académicos opinaban que a los términos autofoto o autorretrato
se quedaban cortos, que les faltaban algunos matices en cuanto a su
finalidad. El autorretrato, decían, no se concibió para ser expuesto en
las redes sociales, como sí ocurre con el «selfie».
Del siglo XVIII al de internet
En contra de lo que pudiera parecer, la Real Academia lleva
resolviendo dudas de este tipo mucho antes de la aparición del móvil e
internet. Entre 1726 y 1739, la RAE publicó el conocido como
Diccionario de Autoridades,
un antepasado del glosario actual donde ya aparecían términos
procedentes del inglés. Este primer repertorio se elaboró con ejemplos
extraídos de las principales obras -literarias o no- escritas hasta el
momento. De ahí lo de «autoridades».
Gracias a este diccionario
quedó constancia de las primeras palabras inglesas añadidas al castellano. Uno de estos ejemplos es
bolina
(del inglés «bowline»), que aunque hoy apenas se utiliza sí conserva
media docena de significados reconocidos. Lo mismo ocurría con
ferlín («feordling») -moneda que valía la cuarta parte de un dinero- o el
limiste (del
inglés «lemster») -cierta clase de paño, fino y de mucho precio, que se
fabricaba en Segovia-, que aparecía citado en el Quijote.
Casos como estos demuestran que antes de la tormenta
chispeó, y que el intercambio lingüístico entre España e Inglaterra fue
más intenso de lo que imaginábamos. Ya en la modernidad, los nuevos
neologismos llegaron muchas veces a través del deporte. Del balompié
importamos sin darnos cuenta el
córner y el
órsay,
que no es más que una sonora -y un poco pedante- adaptación del
«off-side» inglés. Por este mismo camino engordaron las páginas del
diccionario palabras como
béisbol («base ball»),
réferi («referee») o
jonrón («home run»).
Aunque el caladero del deporte fue agotándose poco a poco,
otras ramas del conocimiento incorporaron nuevos términos al castellano.
Gracias a la medicina aparecen en el DRAE palabras que muchos creían
nativas del español. Dos ejemplos paradigmáticos son
baipás («bypass») y
clembuterol («clenbuterol»), sustancia con la que nos familiarizamos en 2010 por el positivo de
Alberto Contador. También la ciencia nos ha traído una de las palabras más repetidas cada vez que llega el invierno:
ciclogénesis, del inglés «cyclogenesis».
Ciclogénesis lingüística
Hay quien opina que el castellano estará siempre un escalón por debajo del inglés en relevancia internacional. Que el de
Shakespeare
siempre será el idioma del dinero. Pero la pujanza del español supone
mayor exposición para ambos, algo que se nota ya, y mucho, en
Estados Unidos.
Pero la economía ha dado a nuestro idioma muchas palabras procedentes
de las islas británicas. Por este canal hemos incluido en el diccionario
términos como
bonus («bonus»),
bróker («broker») y
proactivo (del inglés, «proactive»). Las finanzas son una fuente inagotable de anglicismos.
La directora técnica del DRAE,
Elena Zamora, explica que
el diccionario «está en continuo proceso de revisión».
En el departamento del Instituto de Lexicografía de la RAE -al que
estamos muy agradecidos por su ayuda en la búsqueda de los datos para
este reportaje- están muy atentos a la aparición de neologismos, «sea
cual sea el idioma de procedencia», aseguran. Estas palabras nuevas solo
ingresan en el diccionario cuando se demuestra que su uso está asentado
y que no son moda pasajera.
«Los académicos estudian la documentación y deciden la inclusión del anglicismo basándose en criterios de uso y de vigencia», añade.
También hay otros casos en los que la RAE «se adelanta y
propone una adaptación del extranjerismo con la intención de que sea un
sustituto eficaz», dice Zamora. Esto es lo que ocurrió con la palabra
tableta, que s
e impuso al término «tablet» como una forma de sujetar la avalancha de neologismos llegados a través de las nuevas tecnologías. Y es que en los últimos años se han añadido al diccionario palabras como
ADSL, spam, tuit, USB, wifi o blog, del que ha nacido el término puramente español bloguero.
Con wifi -que es una marca registrada- se trató de imponer
la alternativa «güifi», pero no prosperó. Casos así son los que la RAE
ha bautizado como
«anglicismos crudos»,
términos que entran al diccionario sin adaptarse a los «patrones
gráfico-fonológicos de nuestro idioma». Algunas de estas palabras
provienen del mundo de la televisión («show»), de la informática
(«gigabyte») o la aeronáutica («finger»), que no es otra cosa que la
pasarela que une a los aviones con la terminal del aeropuerto.
Fuera del paraguas del diccionario, ya están llamando a la
puerta expresiones procedentes de la moda y las finanzas. En las tiendas
de ropa nos estamos encontrado con el término
«blazer»,
que es una forma sofisticada de referirnos a la chaqueta de toda la
vida. Las nuevas formas de negocio y las relaciones laborales también
están metiendo en nuestro lenguaje diario palabras como
«crowdfunding», «briefing», «target» o «coaching».
Aunque hoy nos parezca un imposible, podrían seguir el mismo camino que
marketing, que de puntillas y sin hacer ruido ya consiguió su propia
entrada en el diccionario.
